Carta a un terrateniente del siglo XXI


Querido Cayetano de Alba:

Ha pasado ya un mes desde que nos deleitaste con tus fantochadas y bagatelas en un programa de la televisión titulado ‘Salvados’. Ha pasado ya un mes y todavía no me he repuesto, ni creo que lo haga. De tu boca salieron palabras hirientes que calaron en mi corazón como si de espadas de la Edad Media  se tratasen, cubiertas de espinas, afiladas con odio…

Quizás sea mía la culpa de no ser un señorito andaluz y de ser un currante desde que el Sol sale por el horizonte, quizás sea mía la culpa de no ser un Grande de España, el dueño de un latifundio, el cacique de Andalucía. Aún con eso me siento orgulloso de mi tierra, aunque no de habitantes sin escrúpulos como usted, que miran por encima del hombro, que se ríen de la desgracia de mi región, que no entiende qué es la verdadera escasez.

Su nombre, sus apellidos están teñidos de sangre, la sangre del pueblo andaluz. La mía corre por mis venas con indignación pero con amor al prójimo, con sentido de la humildad, con sentido del saber. Puede que no sea un letrado, igual que usted, pero mi razón está por delante de mis impulsos y sólo hablo de lo que sé. Hay percepciones que no salen de mi mente, guardadas en un cajón las conservo para mí, pues instigan al resto al sofoco, al berrenchín.

No me sirven de nada sus disculpas, ni sus declaraciones en las que ahora nos pone de serios y trabajadores, pues el nombre de mi Andalucía ha sido salpicado de hedores que atormentan mi ser. En estos días he escuchado que sus declaraciones se referían a esos pocos que abusan de determinadas situaciones, y usted mismo lo ha dicho, de unos pocos y no del conjunto. El resto, la masa de estos habitantes andaluces  sobreviven como pueden a la alta tasa de paro a la que estamos sometidos por obra y gracia de gente como tú, desprovista de sentido común y sí de sentido de liquidez.

Si algo caracteriza a mis hermanos, los andaluces, es el coraje, la valía y la superación. Demostrado quedó cuando, unidos por el dolor, nos dispusimos a reclamar trabajo, pues aunque nos considere vagos nosotros alimentamos a una familia y no nos alimentamos de ella, como está acostumbrado a hacer.

Ahora se desata en elogios hacia los míos, nos promete centros de formación, se retracta de sus palabras y confirma su desconocimiento de la cuestión. Ahora entiende qué es el PER, mientras los subsidios alimentan sus paredes con nuevas adquisiciones de obras de arte, que vistas para la posteridad privarán también del disfrute de los entusiastas del mismo. Su concepción de lo público es inexistente, pero lo privado ha sido grabado con sangre y fuego entre su piel.

Siento lástima por usted, por desconocer lo bonito de mi tierra, su sabiduría, su historia, sus propósitos, sus metas. Le recuerdo, por última vez, que aceptamos su trabajo si es que lo tiene que ofrecer. Porque mientras los subsidios agrícolas se den por extensión y no por producción, los terratenientes como vos se aprovecharan del ciudadano de a pie sin revolcarse de dolor.

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