Política de sumisión


La sumisión puede extrapolarse a diferentes ámbitos de la vida, a la esfera pública o privada, al terreno sexual o amoroso e incluso a todo el espectro de seres vivos que comprenden el planeta. Su significado indica que se trata de una subordinación con palabras o acciones que establece a un sujeto como superior frente a otro, y es en este lugar donde se encuentra el periodista y, en concreto, el experto en marketing político en nuestros días.

Atendiendo a la última definición de la Asociación de Marketing Americano (AMA) en 2004, “Marketing es una función de la organización y un conjunto de procesos dirigidos a crear, comunicar y distribuir valor a los clientes y a dirigir las relaciones con los clientes de forma que beneficie a la organización y sus públicos de interés“. Por tanto, si trasladamos este significado al terreno político podemos precisar que el marketing político se compone de una serie de procesos, en base a unas herramientas, que buscan la difusión de unos objetivos-ideologías, acordes a una persona o partido con el fin de beneficiar al electorado. Así podemos estimar que el experto en marketing político no es una persona endemoniada como se le caracteriza, que debe convencer a cualquier precio a la ciudadanía para conseguir su voto sin tener en cuenta una ética tanto personal como del propio partido.

Con las nuevas reformulaciones del marketing entran en consonancia, además de esa persecución de objetivos, el propósito de hacerlo en torno a una ética que respete a su público sobre todas las cosas. Pero esa ética sobre la que trabajan los expertos en marketing político no parece jugar una baza a su favor, pues los mismos expertos se encuentran dentro de un engranaje político en el que la ética personal de la que hablamos queda relegada a un segundo plano. Pero con esto no me refiero a los valores que caracterizan la manera de trabajar del partido de turno, sino a ese todo que los individuos llevamos implícito en nuestro ser, determinado por consideraciones y el propio respeto a ciertas acciones, y que nos hace posicionarnos ideológicamente.

Con esto me vengo a referir que el periodista o experto en marketing político ha dejado de prestar atención a lo antes citado, obligado por las circunstancias, pues la ética y los valores han sido condicionados plenamente por el mercado y, ahora, por la situación de crisis laboral. Ya no podemos elegir pertenecer a un partido o a una organización porque nos sentimos cómodos con lo que defendemos, ya no nos encontramos en situación de preguntarnos si hacemos lo correcto siendo contratados por tal grupo, ahora únicamente nos limitamos a trabajar.

Por esto, algunos nos llaman mercenarios, pues hoy lo hacemos para la derecha y mañana lo hacemos para la izquierda, y esto es hasta comprensible ya que no siempre se puede elegir la ideología que quieres respaldar. Pero el problema viene cuando en numerosas ocasiones tenemos que defender lo indefendible según nuestros valores, y así nos adentramos poco a poco en un mundo de sumisión al trabajo del que no somos concientes, pues hay situaciones y propósitos que nunca debiéramos de abanderar.

Como si fuéramos un perro nos tumbamos patas arriba cuando nos contrata nuestro amo, pues a él tenemos que rendir homenaje sólo por el hecho de darnos cobijo laboral, aún sin comulgar con su pensamiento. No sólo vendemos información como cualquier periodista, sino que vendemos un personaje al que nosotros mismos creamos. Por todo esto es complicado hablar de cumplir una labor ética con respecto al ciudadano, al votante, cuando los propios que trabajamos en crear a ese líder, en llegar a ese público, vivimos en un clima en el que la ética se esfumó con las posibilidades de elegir.

Mientras que lo único que diferencia a un mercenario de un experto en marketing político es la ética, que le ayuda a seguir el camino que conviene correcto, en la actualidad y en la encrucijada económica en la que nos encontramos no hay cabida para este matiz tan importante.

Y si esto es así porque, como cualquier persona, tenemos que comer, que pagar hipotecas, que sobrevivir. Entonces,  ¿podemos decir que el mercado nos está convirtiendo en simples mercenarios? ¿Nos ha robado la economía nuestra capacidad de elegir el camino correcto? Lo que está claro es que hoy pertenecemos a un planeta dependiente de una política de sumisión, y no referida a la Política, sino a la acción de estar subordinados por un ente superior, el capitalismo, que ha engullido nuestros valores y nos ha arrastrado a contradecir hasta nuestros pensamientos.

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