‘El Príncipe’ de Maquiavelo, un decálogo actual para cualquier político


La Comunicación Política no es ningún invento de la Edad Contemporánea, pues El Príncipe de Maquiavelo supone la primera obra en la que la Política, y en concreto la Comunicación Política, aparecen retratadas como una ciencia, analizada de manera exhaustiva, de la misma forma que el autor estudia y traslada al papel los procedimiento por los que cualquier hombre ambicioso puede llegar al poder. Pero Maquiavelo es consciente que el poder no basta con conseguirlo, sino que hay que conservarlo y acrecentarlo día a día con el apoyo de la ciudadanía. Una situación que se puede extrapolar a nuestros días y que, a pesar de los años, nunca pierde su vigencia.

Así podemos decir que El Príncipe es una obra actual, de la que todo gobernante o dirigente tiene que tomar ejemplo, pues sus bases son fundamentales para la consecución de un buen Gobierno. La Comunicación Política es el conjunto de técnicas y de procedimientos que poseen los actores políticos y, particularmente los gobernantes, para atraer, controlar y persuadir a la opinión pública, y a pesar de que cuando Maquiavelo escribió la obra. la opinión pública aún no existía como tal, éste era consciente de la importancia que para el príncipe tenía el apoyo de sus súbditos.

Ahora, en momentos en los que la Política está infravalorada y en la que todo ciudadano ha dejado de creer, es de extrema importancia las palabras vertidas en El Príncipe. En esta obra el autor conjuga a la perfección su capacidad literaria, su rastreo histórico y, por supuesto, el análisis político de su contexto; una obra que se aleja de utopías pasadas, como las elaboradas por Platón, y que se ciñen a la praxis de la realidad política imperante. Por tanto, la novedad que encierra El Príncipe se debe a su contenido y a la reflexión teórica que hace de la situación en Italia.

Maquiavelo escribe esta obra después de lo observado tras su paso por las cortes europeas como representante de la cancillería florentina. Habla desde la experiencia, pues sus relaciones directas con príncipes y las decisiones tomadas por éstos, muchas llevadas a error, conforman el caldo de cultivo idóneo para refrendar cuál es la manera correcta de gobernar y cuáles son los errores que no deben cometer los hombres de Estado.

Dentro de la obra, Maquiavelo se encarga de dar consejos a los futuros gobernadores. El más importante es que el Príncipe necesita contar siempre con la amistad del pueblo, ya llegue por méritos (el medio más adecuado para el autor) o por suerte (que para él cae por su propio peso al no tener raíces que lo mantengan fuerte). Es primordial contar con el clamor popular antes y ahora, pues el miedo a la sublevación o a las revueltas no permite al gobernador trabajar de manera adecuada. Desde 2007-2008 España ha venido arrastrando el descontento de la ciudadanía con motivo de la crisis, más aún por la falta de reacción del gobierno de Zapatero y sus continuas negaciones a la mala situación económica, motivo que les ha llevado a perder su mandato en las elecciones de 2011. Éste ha sido un importante fallo que no han sabido gestionar sus asesores políticos.

Con el estallido de la crisis y el debilitamiento del sistema político, es fundamental reconquistar el poder y ofrecer a los ciudadanos una buena forma de gobernar, de hacer política, de dirigir un país. Maquiavelo no se equivocaba en que la comunicación era imprescindible y, aunque alejado de la cuestión ética, sabía que había que estar preparado para llevar las riendas.

Tenemos que tener presente que todo consultor político o propagandista necesita tomar a El Príncipe de Maquiavelo como referencia. Este decálogo de buenas medidas para conseguir y mantener el poder son llevadas a cabo por la mayoría de los políticos y demostrado está que en el momento que se alejan de ellas el desastre está asegurado. La emoción como dice toda la obra es fundamental, una característica que tanto políticos como propagandistas han tomado como suya. Lo racional queda en el olvido y la emoción cobra más que nunca importancia, pues cuando no hay nada que decir hay que conmover al pueblo.

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